El mismo día que en Madrid se celebraba una cumbre de Patriotas para alentar una “nueva reconquista” que haga de muro ante la llegada de nuevos inmigrantes, les recomiendo la lectura –si lo hacen en papel– o el visionado –si lo hacen en la edición digital– del trabajo que les hemos preparado sobre las deportaciones interiores que hizo el franquismo en sus orígenes para evitar el desplazamiento de las gentes del campo a las grandes ciudades como Barcelona y Madrid. La popularidad de la película El 47 ha puesto luz sobre esta problemática poco conocida de la inmigración interior de muchos ciudadanos que en los veinte primeros años del franquismo huían del hambre de sus pueblos para buscarse una nueva vida en las grandes ciudades.
Jaume V. Aroca, que se prodiga poco escribiendo, como otros buenos periodistas de La Vanguardia que están en tareas de jefatura, nos recuerda que la voluntad de algunos de construir muros contra la inmigración es un esfuerzo inútil. El franquismo detenía a los recién llegados a las ciudades en centros de internamiento, como sucede ahora con los migrantes que llegan en cayucos, y los devolvía a sus lugares de origen. No tenían acceso a las cartillas de racionamiento de la época y no podían trabajar porque no se les daba autorización para ello. Si en los primeros treinta años del siglo pasado, hasta la Guerra Civil, se calcula que algo más de dos millones de personas se desplazaron de sus lugares de origen en el campo hasta las grandes urbes, en los treinta años siguientes la cifra se disparó hasta los cuatro millones y medio.
Esta inmigración fue fundamental para contribuir al llamado milagro económico español de los sesenta, cuando la actividad productiva española creció a un ritmo del 7%. Exactamente igual que sucede hoy, cuando son necesarios para tantos puestos de trabajo. Esta misma semana, el Idescat publicaba el censo de Catalunya a fecha 1 de enero de este año. Por sexto año consecutivo, el número de defunciones superaba al de nacimientos. Sin embargo, la población aumentó en más de 110.000 personas gracias a la inmigración. Es bueno a veces mirar al pasado para que nos dé lecciones sobre lo que no hemos de hacer en el presente.